Estampa camerana

     Todos, padres e hijos, estaban ya reunidos al calor del hogar. La mesa grande estaba llena, colmada como en una Navidad. Entre la madre y las hijas mayores habían preparado la cena, ¡buena cena!, según lo había ordenado con tiempo el padre:

     – Mira, mujer, no podrá haber la alegría de la Nochebuena, no habrá villancicos ni cosas de esas, esto es otra cosa, pero quiero que el hijo que a Chile se lleva mañana tu hermano, nos recuerde felices, unidos, bien unidos y llenos de entereza…

     Sirviéndoles en la mesa uno a uno, a todos, disimulaba su emoción la madre. Se escudaba en ello, en el trajín de la cena, así parecía no estar pensativa ni callada. El padre mientras tanto seguía las bromas y dichos de los hijos; estaba obligado a ser el fuerte… Sin embargo, el fondo de sus sonrisas reflejaba el sufriente color y la débil raíz de la violeta nacida en el campo.

     La juventud no deja de pensar, pero vive de cara al día, con otra luz y esperanza, no le acobardan penumbrosas angustias, respira otra plenitud y fuerza. Los hijos acabaron animándolo todo. El mayor extrajo de su habitación y de la funda su guitarra. Pese a las durezas callosas de sus dedos y manos, sabía hacerla vibrar con el arte de un estudioso. Cuántos días nevados, cuántas horas desde niño que se la compró su padre, supo descansar el músculo, recreándose con la guitarra. Cantó él, que también sabía hacerlo bien, e hizo cantar a sus hermanos, entre otras canciones y jotas, una alegre y encariñada despedida.

     El padre estaba presente: sus ojos secos y la boca sonriente y amorosa, pero callada. La esposa y la hija mayor tras servir las copas se fueron por dentro, hacían ruido de cacharros que encubría la borrasca emocional de sus almas femeninas y serranas, que quiere decir: sufridas y santas.

     Salvo el padre, el hijo mayor y el muchacho de trece años que al día siguiente temprano dejaría la casa paterna, todos se acostaron. Quedaba en la sala un solo candil que alumbraba bien los rostros de los tres y el sentir de sus corazones.

     -Mañana no debe ser día de retahíla -dijo el padre dirigiéndose al muchacho-, has de procurar aliviar la cosa de la despedida. Que ni tu madre ni tus hermanas sufran. Cuando arranques a caminar con tu tío, tu tienes que hacerlo como un hombre… Si así lo hicieras, el primero en gozar por tu digni­dad y hombría, será tu padre.

     -Espero verte más veces en mi vida, pero esta noche quiero decirte y pedirte algo que ojalá valga para siempre: no dejes de rezar a Dios y a la Vir­gen de Lomos de Orios, según de niño pequeño te enseñó tu madre; confía de veras en ellos y en nosotros… Aquí dejas una casa pobre y serrana, pero llena hasta arriba de cariño del bueno. Cuando quiera que vuelvas, con chaleco o sin chaleco, entra en ella con nobles sentimientos, con esos que debes llevar en tus adentros siempre, y jamás olvides, hijo, que la nobleza del hombre es un tesoro muy grande.

     -Y ahora dime, hijo mío, dímelo otra vez en este momento: ¿estás decidido, tienes alguna duda, o no tienes ninguna y estás animado y valiente?

     -Padre: estoy decidido. Aprendí a confiar en Dios, rezaré a la Virgen, y espero imitaros en lo de esos sentimientos nobles y en trabajar como aquí se trabaja…

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     Siguió el Iregua deslizándose a través de los cinco ojos del puente románico, se siguió donando la Caridad Grande, se fue extinguiendo la industria y menguaron los rebaños -los hijos con mesa pues­ta, sestean y consumen el esfuerzo de sus padres-; con el tiempo muchas cosas cambian, y aquel mu­chacho, hecho un hombre, con otras posibilidades y medios, pero con el mismo amor, visitó varias ve­ces su entrañable tierra natal y camerana. Según él refería, su principal acierto, la base de todos ellos, fue el casar con una mujer serrana, del mismo Vi­lloslada, culta y gentil, gran compañera, y una de las notas más agudas y emocionantes para los dos, aquel donar la primera vez la Caridad romera de la Virgen, sin poder tener junto a ellos, a sus padres…

     Más de medio siglo de aquella despedida, de aquellas frases del padre sin más luz que la de un candil… Cambiaron los rebaños de lanar por el vacuno, las reses negras se trocaron suizas y holan­desas, creció la estima y el cuidado, hoy es una ri­queza principal la seleccionada ganadería vacuna en la gran jurisdicción de Villoslada de Cameros -la segunda por extensión de toda la Rioja-, donde también se reproduce el caballar en forma tan ex­cepcional que merece de la administración estatal toda asistencia con sus paradas y cuidados.

     Muchas cosas cambian con el tiempo, pero hay otras trascendentes que con misteriosa y divina fuerza subsisten invariables en el corazón del hom­bre. Nuestro muchacho, aquel que en un vapor in­glés embarcó para Chile, siempre reflejó y sigue reflejando con su conducta la nobleza que en aquella memorable noche le predicó su padre, y con sen­cillez innata y serrana, ahora es él quien repite a sus hijos y nietos que conserven la fe cristiana, y que jamás olviden que la cortesía y la nobleza del hombre es un tesoro muy grande…

Julio del Valle